EL SANTO DE LA RECONCILIACION Y DEL ECUMENISMO ESPIRITUAL

2. EL SANTO DE LA RECONCILIACION Y DEL ECUMENISMO ESPIRITUAL

Cuando abrazó la vida religiosa en la familia franciscana de los Capuchinos, el joven fraile Leopoldo cultivaba dos firmes propósitos, dos aspiraciones maduradas yadesde su infancia en supueblo natal, sobre la costa dálmata del Adriático: ser misionero en Oriente para acercar a la iglesia católica a los hermanos ortodoxos y contribuír así a la unidad de la Iglesia y llegar a ser un confesor lleno de misericordia y de bondad con los pecadores. Varios factores, entre los cuales su salud precaria y la obediencia consagrada, le permitieron realizar sólo su segunda aspiración.

Padre Leopoldoconsumò casi la mitad de su vida en el convento de los Capuchinos de Padua, encerrado en su pequeña celda-confesonario de dos metros por tres, dedicándose con toda su energía a la acogida de los fieles, sobre todo de los pobres y de los pecadores en la celebración del sacramento de la confesión.

De este modo cada alma que pedía su ayuda espiritual fue para él el Oriente al que quería llegar como misionero. El mismo el 31 de enero de 1941 escribía: “Me obligo con voto, momento tras momento, con toda la diligencia posible, contando con mi debilidad, a dedicar todas las energías de mi vidaen favor del regreso de los hermanos separados de Oriente a la unidad católica. De momento toda alma che necesite de mi ministerio, será para mí un Oriente”.

En ocasión de su beatificación, papa Pablo VI reconoció en padre Leopoldo un precursor del llamado “ecumenismo espiritual”:“Padre Leopoldo fue ‘ecuménico’ ante litteram, es decir soñó presagió, promovió, aunque sin obrar directamente, la recomposición de la perfecta unidad de la Iglesia, no obstante ésta respete celosamente las múltiples particularidades de su composición étnica” (Homilía de labeatificación2 de mayo de1976).

Por sus dotes de sabiduría y de saber escrutar los corazones, debidas a la familiaridad con los textos bíblicos y patrísticos, era solicitado incluso por doctores, docentes de la Universidad de la ciudad. Se distinguió también por su vida de oración,por su intensa devoción a la Virgen María (que en dialecto véneto él llamaba “Parona benedeta”), y sobre todo por su benévola acogida de los penitentes. “Esté tranquilo, decía a muchos, ponga todo sobre mis espaldas y fiése de mí”. Y se cargaba de oraciones, vigilias nocturnas, ayunos y privaciones voluntarias.

El profesor Ezio Franceschini, docente universitario de Padua y más tarde Rector de la Universidad Católica de Milán, que había sido un penitente suyo, recordaba el dolor probado por padre Leopoldo cuando se le tachó de laxismo. El padre le había confiado: “Dicen que doy demasiado fácilmente la absolución, incluso a quien non tiene las disposiciones necesarias”. Y abriendo los brazos añadía: “Míreme ¿Le parece que si un pecador viene a postrarse ante mí lo haga por mí y no por el Señor?”.

También el Papa Juan Pablo II, evocando algunas expresiones de padre Leopoldo, en la homilía de la canonización puso en evidencia el perfil ejemplar del confesor: “Si se quisiese definirlo con una sola palabra, él es “el confesor”; él sabía sólo confesar. Y en esto está precisamente su grandeza: en el desaparecer para dejar lugar al Pastor de las almas. Y manifestaba su empeño de este modo: ’Escondamos todo, aun aquello que pueda tener la apariencia de don de Dios, para que no se haga un mercado. ¡A Dios sólo el honor y la gloria! Si fuera posible, nosotros tendríamos que pasar por la tierra como una sombra que no deja huella’. Y a quien le preguntaba cómo hacía para vivir de esta manera, él respondía: “Es mi vida”.

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